El evangelio según San Mateo contiene muchos pasajes del Antiguo Testamento. Tal énfasis da a entender que Mateo escribió su “Buena Nueva” con el lector judío en mente. Su propósito era dar a conocer a los descendientes de Abrahán que Jesucristo era el prometido “hijo de David, el hijo de Abrahán” (Mat. 1:1).
Por lo tanto, es necesario leer este evangelio como lo habría leído un descendiente de Abrahán. El lector judío recordaría los muchos relatos del Antiguo Testamento, con las enseñanzas de la Ley, los Profetas, y los Salmos, tal como los judíos conocían las Escrituras en la época de Mateo.
Sin embargo, para el creyente en Jesucristo, la Ley, los Profetas, y los Salmos eran con toda seguridad el cumplimiento del Antiguo Testamento. El creyente, particularmente en la época de Mateo, estaba plenamente convencido de que Jesucristo había enseñado que las escrituras del Antiguo Testamento se habían cumplido en Jesús. El evangelio según San Lucas nos dice que Mateo mismo había estado en el aposento alto cuando Jesús, después de su resurrección, “se puso en medio de ellos” (Lucas 24:36). Mateo escuchó de los mismos labios de Jesús cómo el Antiguo Testamento señalaba precisamente hacia sus sufrimientos y muerte, y el significado de su muerte para los pecadores.
Y les dijo: Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos. (45) Entonces les abrió el sentido, para que entendiesen las Escrituras; (46) y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; (47) y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y la remisión de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén (Lucas 24:44-47).
Por lo tanto, al leer el evangelio de Mateo, no debe haber duda alguna de que Mateo escribió con las palabras de Jesús en mente. Citando al Antiguo Testamento, él quiere instar a sus compatriotas de Israel que crean en Jesús de Nazaret como el Cristo en quien ellos pueden encontrar “arrepentimiento y la remisión de pecados”. El propósito de Mateo al escribir su evangelio no puede ser otro que lo encomendado a él y a los otros discípulos por Jesús aquel día en el aposento alto. Debe darse por sentado que cuando Mateo se refiere a la Ley su propósito e intención es demostrar que la Ley fue cumplida por Jesús. Mateo anhela que sus lectores puedan creer en Jesús para salvación. El propósito de Mateo no puede ser de ninguna manera contrario a lo que escuchó de los labios del Cristo resucitado en el aposento alto.
Al comenzar su narración en el capítulo cinco, Mateo recuerda el marco en el que Jesús declaró esas palabras aquel día. Mateo describe el entorno de tal modo que los lectores judíos recuerden un día similar en su historia. No obstante, Mateo de inmediato señalará también las diferencias.
(1) Y cuando vio las multitudes, subió al monte; y después de sentarse, sus discípulos se acercaron a El. (2) Y abriendo su boca, les enseñaba, diciendo… (Mateo 5:1-2).
Sólo Mateo y Lucas contienen las Bienaventuranzas o Bendiciones que siguen, tal cual Jesús las pronunció. Sin embargo, Lucas no relata que Jesús las dictó desde un monte sino en una llanura (Lucas 6:17), al bajar de un monte (Lucas 6:12,17). Probablemente Jesús repitió las Bendiciones o Bienaventuranzas más de una vez.1
Para los fines de Mateo, y en contraste con Lucas, Mateo relata el incidente de tal modo que Jesús, “cuando vio las multitudes, subió al monte”. Para el lector judío, conocedor de la Torah (los cinco libros de Moisés), esas palabras le recordarían de dos sucesos en su historia. El primero (según la Torah), es cuando Moisés subió al monte Sinaí para recibir la Ley, y la multitud de Israel rodeando la montaña, con la amonestación de no subir al monte (Éxodo 19:17-20). El segundo evento fue cuando se pronunciaron las Bendiciones desde el monte Gerizim, las bendiciones derramadas sobre Israel si cumplían con la promesa de guardar la ley (Deuteronomio 27,28).
Sin embargo, Mateo invierte el orden, y presenta a Jesús pronunciando las Bendiciones antes de dictar su ley. Otro contraste con el suceso de la entrega de la ley es que en Mateo el pueblo se acerca al dador de la ley. En el evento descrito en Éxodo 19-21, el pueblo tenía que alejarse de la presencia de Dios durante la entrega de la ley. Además, en Deuteronomio las Bendiciones preceden a la amonestación de guardar la ley como la condición para recibir las Bendiciones.
(1) Y será que, si oyeres diligente la voz del SEÑOR tu Dios, para guardar, para poner por obra todos sus mandamientos que yo te mando hoy, también el SEÑOR tu Dios te pondrá alto sobre todos los gentiles de la tierra; (2) y vendrán sobre ti todas estas bendiciones, y te alcanzarán, cuando oyeres la voz del SEÑOR tu Dios (Deuteronomio 28:1-2).
Pero Mateo narra que Jesús pronuncia sus Bendiciones sobre todos los que estén allí escuchando sus palabras.
Jesús no está meramente dictando una materia académica titulada “Bendiciones 101”. Él está en realidad bendiciendo a los oyentes. Cada vez que pronuncia una bendición (bienaventuranza), los que creen en Él, ciertamente reciben la bendición. Los que no creen en Él, no son bendecidos. Es así de sencillo. Tales son los presupuestos en esta situación muy práctica. La observancia de la ley no ocurre a condición de recibir las bendiciones. Pero los que escuchan reciben las bendiciones al apropiarse de ellas creyendo en Él. Sus corazones ardían en ellos al escuchar sus palabras.2
Además, la última bendición declara por parte de quién vendría la bendición: “Bienaventurados sois cuando os vituperen y os persigan, y se dijere toda clase de mal de vosotros por mi causa, mintiendo” (Mateo 5:11). Serían vituperados, perseguidos, difamados por su fe en Él. Sin embargo, puesto que la persecución vendría por causa de Él, el sufrimiento se tornaría en bendición.
Es Él quien le da vida a las bendiciones. Esta es la clave dada en el v. 11 para comprender las Bendiciones: “por mi causa”. Todas las bendiciones surgen por causa de Él, y no a consecuencia de guardar la ley, como en Deuteronomio. Él conoce que algunos de los oyentes serán perseguidos por causa de él. Ellos han creído en él, y darán sus vidas por él. La realidad de esta fe en muchos de los oyentes es parte del contexto de toda esta narración. Hay los que comprenderán el significado de sus palabras porque tienen fe en él. Pero los que no lo escuchan con fe, y además se sienten amenazados por la autoridad con que bendice, sentirán mucha antipatía, resentimientos, y hasta odio de homicidio contra él (véase vs. 20-22).
Los que le escuchan creyendo sus palabras, en sus corazones ya han comenzado a adorarle. Posteriormente serán los perseguidos por causa de él. Debido a su fe en él, ellos escuchan lo siguiente al recibir sus bendiciones:
“Benditos los pobres en espíritu ” – porque él es su reino.3
“Benditos los que lloran” – porque él es su consuelo.4
“Benditos los mansos” – porque lo tendrán a él por heredad.5
“Benditos los que tienen hambre y sed de justicia” – porque él los llenará con su justicia.6
“Benditos los misericordiosos” – porque él es la fuente de su misericordia.7
“Benditos los puros de corazón” – porque verán su pureza en lugar de la suya.8
“Benditos los pacificadores” – porque mediante su paz serán llamados los hijos de Dios.9
“Benditos cuando sean perseguidos por causa de la justicia” – porque él es su salvación.10
El judío habría captado la diferencia de inmediato preguntando lo obvio: “Entonces, ¿qué de la observancia de la ley?” “¿Por qué no se condicionan las bendiciones a la observancia de la ley?” Jesús percibe la pregunta, reservando su respuesta para después.
Pero primero los deja en espera con la pregunta al aire…
Jesús aprovecha el suspenso y procede a dar algunos de sus propios mandamientos. Uno tiene que ver con la sal, otro con la luz.
“Ustedes son la sal de la tierra” (v. 13).
“Ustedes son la luz del mundo” (v. 14).
Tanto la sal como la luz son para la tierra, para el mundo entero. Jesús se propone que sus mandamientos traspasen todas las fronteras y alcancen a toda la humanidad. Pero deben tener buen gusto (tener sal), y su luz debe brillar sin sombras indicando cómo andar por la oscura senda de la situación humana. Con sus palabras, él denuncia que las enseñanzas religiosas de su día no tenían buen sabor, como la sal que había perdido su sabor, y en vez de alumbrar el camino de la situación humana, dejaban todo en una desconcertante penumbra.
Cuando él haya terminado, habrá devuelto el buen gusto y la luz a la fe en Dios.
Al llegar a este momento, regresa a la pregunta pendiente: ¿Y qué de guardar la ley, como condición para recibir las bendiciones?
(17) No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas; no he venido para abolir, sino para cumplir. (18) Porque en verdad os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, no se perderá ni la letra más pequeña ni una tilde de la ley hasta que toda se cumpla. (19) Cualquiera, pues, que anule uno solo de estos mandamientos, aun de los más pequeños, y así lo enseñe a otros, será llamado muy pequeño en el reino de los cielos; pero cualquiera que los guarde y los enseñe, éste será llamado grande en el reino de los cielos. (20) Porque os digo que si vuestra justicia no supera la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mateo 5:17-20).
Hay algunos cristianos que caen en la tentación de vivir según el antiguo pacto de las obras, el pacto hecho por Israel con Dios, prometiendo guardar la ley. Ellos ven el v. 17 como un mandato de Cristo para guardar la ley. Hay muchos cristianos que quieren vivir ilusamente creyendo que sus vidas pueden ser santificadas lo suficiente para ser aceptos delante de Dios para su salvación. Y si al menos al principio no pueden ganarse la salvación, una vez perdonados es su deber retener y resguardar su salvación ante Dios con su obediencia. Si uno pone a prueba este concepto a la prueba del paladar, puede ser que al principio tenga buen sabor, pero después deja un mal sabor en el espíritu y enferma el alma con la verdad de los fracasos del alma. Y si uno pone este concepto bajo el medidor de luz de la obediencia de Cristo, acusaría la más densa oscuridad.
La causa del malentendido de la ley en Mateo 5 es porque no pueden ver algo obvio en las palabras de Jesús. Las palabras de Jesús no son un mandato para obedecer la ley.
El mandato de Jesús es:
“No penséis que he venido para abolir la ley o los profetas.”
Hay mucho por descubrir aquí.
Lo primero es el uso creativo de las palabras en su enseñanza. Estudiando esta frase en idioma griego, es evidente que Jesús empleaba a propósito un juego de palabras. La palabra para “pensar” aquí es del verbo griego “nomizo”. La raíz de este verbo se encuentra en esta misma frase, “ley” (nomos). La palabra griega para “pensar” significa considerar el asunto y luego llegar a una conclusión que para uno tenga el rigor de ley. Los sinónimos “presuponer”, o “deducir”, “dar por sentado”, “conceptuar” se acercan a la idea. Pero no dan a entender todo el significado del verbo griego “nomizo”. La frase que más se acerca es “hacer ley”. Por lo tanto, lo que Jesús dice en la frase “No piensen que…” es “No hagan una ley pensar que…22” Si quisiéramos ver el juego de palabras en la declaración de Jesús, sería algo así:
“No decreten una ley suponiendo que yo he venido a abolir la ley o los profetas.”
Al igual que los mandamientos del Decálogo, éste también es un mandato a la negativa. Sin embargo, en sustancia es muy diferente. Es un mandato a cambiar las posiciones negativas en cuanto a la misión de Cristo. “No hagan su punto de partida en cuanto a mí en el sentido de que yo he venido a destruir la ley o los profetas”. Debido a que las bendiciones no tenían como condición la observancia de la ley, ellos ya suponían que Jesús estaba abogando a favor de abolir la ley.
Segundo, la palabra griega que aquí se traduce como “Ley” aclara el significado de la frase de Jesús. Es la palabra griega “nomos”. “Nomos” se refiere a la totalidad de la Ley. En el Nuevo Testamento traduce el término hebreo “Torah” o los Cinco Libros de Moisés, lo que incluye por supuesto los Diez Mandamientos del libro de Éxodo.23 Pero para los judíos el centro de la ley no era los Diez Mandamientos, sino el Día de Expiación descrito en Levítico 16. Contando las palabras de la Torah (Génesis-Deuteronomio) a partir del Génesis, y contando desde Deuteronomio hacia atrás, la mitad o el centro de la Torah era Levítico 16. Para los judíos, la posición del Día de Expiación en la Torah no era una mera coincidencia. La posición céntrica de Levítico 16 era para demostrar la importancia del Yom Kippur – el Día de Expiación – como el centro de la fe de Israel.
Cuando Jesús anduvo con los discípulos a Emaús y les abrió el entendimiento a las Escrituras, de hecho Él les informaba que el Día de Expiación, el Yom Kippur, el día más grandioso de los festivales religiosos de Israel, se había cumplido en Él.
Jesús entendía que la Torah anunciaba su misión como el Cordero de Dios. De tal modo, que si él aboliera la ley, estaría anulando la razón de su muerte al tomar sobre sí la culpa de la humanidad por su desobediencia. Eso es lo que él les dijo a los discípulos en el camino a Emaús, y a los discípulos en el Aposento Alto.
Después de dictar el mandato negativo: “No decreten una ley suponiendo que yo he venido a abolir la ley o los profetas”, entonces declara que no debe ser el punto de partida en cuanto a su persona y su misión: “No he venido a abolir, sino a cumplir”.
Miremos estas dos declaraciones teniendo en mente el juego de palabras que él utilizó para puntualizar esta lección:
“No decreten una ley suponiendo que yo he venido a abolir la ley o los profetas”.
“Decreten una ley estableciendo que yo he venido para cumplir la ley o los profetas.”
Obsérvese que esta última declaración no es un mandato expreso para obedecer la ley. Resumiendo, él aclarará a cuál ley se refiere y cuándo hay que guardarla. Él quiere que el oyente escuche que él está anunciando su relación hacia la ley. Él quiere que se entienda en primer lugar cuál es su relación con la ley. Una vez que eso se entienda, él explicará cuál debe ser la relación de cada cual hacia la ley.
El tercer concepto por descubrir en las palabras de Jesús está en su declaración tocante a los profetas. Cada vez que el Nuevo Testamento contiene una frase tocante al Antiguo Testamento, siempre las palabras son “la ley y los profetas”. Pero aquí Jesús dice “la ley o los profetas” al referirse al cuerpo entero de los escritos del Antiguo Testamento. Lo que él quiere decir es que ambos escritos son de igual valor en términos de su misión, para cumplirlos. No es que él cumplirá la ley y no los profetas. O que cumplirá los profetas y no la ley. Ambos tienen el mismo propósito. Se suplementan. Su finalidad es demostrar cómo él los cumpliría. Esta declaración es exactamente lo que él les dijo a los discípulos de Emaús y luego en el aposento alto: “Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los salmos” (Lucas 24:44).
El cuarto concepto se encuentra en la palabra “cumplir”. La palabra griega es “plero”. Significa llenar un recipiente apretando y ajustando hasta que no quepa nada más. También significa llenar un recipiente hasta que rebose. Jesús amplía el significado de “llenar hasta rebosar” mediante el sinónimo que expresa en el siguiente versículo “hasta que todo sea cumplido”. Aquí “cumplido” no es “plero”, sino una forma del verbo “ginomai” que significa “llegar a ser”, “tener vida por ser engendrado”.24 Lo que llega a ser no puede tener existencia a menos que sea engendrado. El significado que Jesús le da a “llenar hasta rebosar” es que él lo logrará engendrando o generando lo necesario para hacerla rebosar.
La declaración de Jesús de que él ha venido para generar el cumplimiento de la ley y los profetas hasta rebosar, no debe tomarse a la ligera.
Es una declaración asombrosa. Hay que asimilarla. Me pregunto por cuánto tiempo hizo pausa en su discurso cuando hizo esa declaración: “No he venido para abolir sino para cumplir”. Hizo una pausa permitiendo que el silencio hiciera penetrar sus palabras.
Aunque los rabinos insistían en que era posible rendir plena obediencia a la ley, esta declaración superaba toda exigencia rabínica. Jesús aseveraba que en su persona se encontraba todo cumplimiento del Torah y los profetas hasta rebosar todo mandato divino. Jesús planteaba que en su persona se encontraba toda obediencia y justicia enseñada, proclamada, y profetizada por la ley y los profetas.
Jesús quería decir que su misión era única. Él no le dice a la multitud “Vosotros debéis cumplir la ley los profetas”. No. Él dice, “Yo he venido para cumplir sus exigencias hasta rebosarlas”. En esta declaración, él anuncia su misión al igual que cuando anunció su misión en Lucas 4 al leer de Isaías “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido para predicar buenas nuevas a los pobres” (Lucas 4:18). En ese pasaje, Lucas informa que, cuando Jesús acabó de leer, se sentó y anunció: “Hoy se ha cumplido esta Escritura en vuestros oídos” (Lucas 4:21). La palabra que se usa en Lucas para “cumplido” es exactamente la misma que en Mateo, “plero”, llenar hasta rebosar. Jesús anuncia que él es el cumplimiento de todo lo que la ley y los profetas jamás pudieran reclamar, y ¡aun más!
Fue una declaración asombrosa. Lo suficiente como para dejar a la multitud boquiabierta.
Y luego, a fin de demostrar el alcance de su cumplimiento del Torah y los profetas, hace otro asombroso anuncio:
(18) Porque de cierto os digo, que hasta que perezcan el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde perecerá de la Ley, hasta que todas las cosas sean cumplidas.
Las jotas y las tildes son las puntuaciones más pequeñas de la escritura hebrea. Ya sea que formen parte de una letra o no, pueden cambiar el significado de la letra y alterar su pronunciación y significado. Al mencionar estas figuras, él dice que cada parte del Torah y de los profetas será cumplida por él, y rebosará del significado que su vida le dará. Él decía que “hasta que perezca el cielo y la tierra, ninguna parte del Torah o los profetas dejará de mostrar que él había venido para cumplirlas hasta rebosarlas.”
La frase “hasta que todas las cosas sean cumplidas” tiene que entenderse en relación con la frase anterior “No he venido para destruir sino para cumplir”. Estas palabras de Jesús se refieren a mucho más que la permanencia de la ley. Su profecía se refiere a la perpetuidad de su obra al cumplir la ley a favor de la humanidad. “El cielo y la tierra pasarán, más mis palabras no pasarán” (Mateo 24:35).
Las siguientes palabras de Jesús se entienden dentro del marco más amplio de que él es el cumplimiento de cada aspecto de la ley y los profetas, y que cumplirá los requisitos y profecías con justicia y obediencia hasta rebosarlos.
(19) De manera que cualquiera que infringiere uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñare á los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos: mas cualquiera que hiciere y enseñare, éste será llamado grande en el reino de los cielos. (20) Porque os digo, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y de los Fariseos, no entraréis en el reino de los cielos (Mateo 5:19,20).
La palabra griega que aquí se traduce “infringir” es “desatar” o “soltar”. Si alguien desata alguno de los mandatos de la totalidad del Torah, entonces estará cuestionando la capacidad de Cristo para cumplir el significado de ese mandamiento, por insignificante que pareciera. Aseverar que algún mandamiento en particular no tiene significado o valor es restarle valor a su misión: demostrar que su vida es el cumplimiento de aun el mandamiento más pequeño e insignificante.
Su enseñanza es que “los que decretan una ley pensando y enseñando que yo no he venido a sobrepasar el significado más mínimo de la ley son considerados de mínima importancia en el reino de los cielos. Los que decretan una ley enseñando que yo he venido a rebosar con significado hasta el mandamiento más pequeño serán llamados grandes en el reino de los cielos".
El hacer y enseñar aun el más mínimo de los mandamientos ahora se verá a la luz de que él vino a cumplir todos los mandatos, hasta los más pequeños. Su cumplimiento del Torah y los profetas con todos sus mandatos será la norma para establecer una nueva relación con la ley. La relación con la ley ha cambiado. Lo que importa ahora es la relación de él con la ley, como aquel que la cumple y la hace rebosar con significado.25
Pero la declaración más asombrosa está por venir: “Porque os digo, que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y de los Fariseos, no entraréis en el reino de los cielos” (v. 20).
Debido a su autoridad como aquel que cumple la ley hasta rebosarla, ahora está en sus manos dictar el siguiente juicio: “A menos que vuestra justicia supere la justicia de los guardianes más celosos y meticulosos de la ley, no entrarán en el reino de los cielos”.
A fin de comprender esta asombrosa declaración, es importante mantenerse dentro del énfasis de las palabras de Jesús, “vuestra justicia supere”. Obsérvese nuevamente el sentido de sobrepasar, rebosar con justicia. ¿Dónde fue que acabamos de ver ese concepto? En su propia declaración de su misión: que ¡él había venido a cumplir la ley con exceso de justicia! Su misión fue la de tomar lo mejor de la obediencia humana y sobrepasarla hasta rebosarla, finalmente dándole a la ley lo que la ley siempre había exigido: ¡perfecta obediencia y del corazón!
¿Qué tal si nos imaginamos a Jesús declarando estas palabras? ¿Qué gestos y movimientos hacía con sus manos para recalcar sus palabras?
Visualicemos estas palabras como si estuviéramos viendo un video en vivo y en directo del momento en que pronunció las palabras del versículo 20:
Primera Toma:
“Porque os digo” – Jesús señala a su persona y luego a la multitud.
“que si vuestra justicia” – Jesús señala a toda la multitud con un movimiento de su mano que los abarca a todos.
“no fuere mayor que la de los escribas y de los fariseos”, - Jesús luego señala al lugar donde estos grupos estaban escuchando…
“no entraréis en el reino de los cielos” – Jesús nuevamente señala con la mano abarcando a todo el gentío.
Pero, ¿por qué no redactamos esta escena imaginándonos una dinámica diferente?
Segunda Toma:
“Porque os digo” – Jesús señala a su persona y luego a la multitud.
“que si vuestra justicia” – Jesús entonces señala no a la multitud sino a su propia persona.
“no fuere mayor que la de los escribas y de los fariseos”, - Jesús sigue señalando a su persona mientras con su mirada se fija intensamente en la mirada de los escribas y fariseos…
“no entraréis en el reino de los cielos” – Jesús nuevamente señala con la mano abarcando a todo el gentío.
¿Captó la diferencia en la Segunda Toma?
Es algo extraordinario imaginarnos la Segunda Toma. Pero es que las palabras de Jesús también fueron extraordinarias: “Si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y de los fariseos”. Para los escribas y fariseos, que estaban íntimamente familiarizados con la ley y los profetas, la conexión entre el Mesías y la Justicia era reconocida.
(5) He aquí que vienen los días, dice Jehová, y despertaré á David renuevo justo, y reinará Rey, el cual será dichoso, y hará juicio y justicia en la tierra. (6) En sus días será salvo Judá, é Israel habitará confiado: y este será su nombre que le llamarán: JEHOVA, JUSTICIA NUESTRA (Jeremías 23:5-6).
La Segunda Toma presenta la justicia del Mesías superando la justicia de los escribas y fariseos, y ¡él ha llegado!
Pero se concede la protesta. ¿Qué valor tiene una exégesis y hermenéutica fundamentada en un presunto vídeo imaginario de una escena que no se puede volver a repetir gráficamente? La conexión que hacemos entre las palabras de Jesús “si vuestra justicia no fuere mayor” y su propia persona podría fundamentarse solamente en una exégesis matizada por un medio moderno de comunicación.
Es una buena observación. Tiene méritos. Descartemos la Primera y Segunda Toma. Afiancémonos sólo en nuestro texto aquí en Mateo 5.
Jesús ya había hecho la conexión entre sí mismo y la justicia. Aquí mismo en las Bendiciones o Bienaventuranzas. Si él mismo no fuera la justicia que provenía de Dios para bendecir a toda la humanidad, ¡en vez de bendecirlos los habría maldecido!
Obsérvese la conexión:
(6) Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán hartos.
(7) Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos obtendrán misericordia.
(8) Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.
(9) Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios.
(10) Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia: porque de ellos es el reino de los cielos.
(11) Bienaventurados sois cuando os vituperaren y os persiguieren, y dijeren de vosotros todo mal por mi causa, mintiendo.26
Obsérvese que, en el v. 6, la primera referencia a la justicia declara que los que tienen hambre de justicia “serán hartos”. La palabra griega se traduce al español muy acertadamente de sentirse “harto”. Es lo que se siente después de haber comido hasta que no se puede comer más. Comer en demasía. Más que suficiente.
Es el mismo sentido de la palabra “plero”, lleno hasta rebosar, la palabra que Jesús usó para describir cómo iba a cumplir la ley y los profetas. La palabra “justicia” se utiliza en paralelo con los versículos 10 y 11. “Por causa de la justicia” (v. 10) se define como por “mí causa” (v. 11). ¿Por qué se diría todo mal contra ellos? ¿Por qué fue Pablo perseguido? Acaso no fue porque él enseñaba que quería ser “hallado en él, no teniendo mi justicia, que es por la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la justicia que es de Dios por la fe” (Filipenses 3:8,9). ¿Acaso nos cuesta demasiado atribuir a Cristo, por quien somos justificados por la fe, que él tenía un conocimiento primordial de esta verdad? ¿O acaso fue un invento de Pablo? Ciertamente que no. Pablo exponía una doctrina que ya Cristo había enseñado, tal cual lo vemos aquí en Mateo 5.
Al declarar que en sí mismo se superaba la justicia de los escribas y fariseos, Jesús el Cristo anunciaba su identidad y misión como “el Señor Justicia Nuestra”.
Ese habrá sido un momento electrizante. Entre la multitud están los que suspiran y respiran con gozo y alivio: los pecadores. Al fin han encontrado la justicia. Él es su justicia. Ellos saben que, en cuanto a justicia, no pueden competir con la presunta justicia de los escribas y fariseos. Nuevamente se sienten bendecidos. Han recibido bendición por causa de él, de la justicia de él, no la justicia de ellos mismos.
Pero entre la multitud también se encuentran algunos respirando con ira, furia, intenciones homicidas, venganza. Pero ellos también cuentan con justicia, pero es la suya propia. Y cuando Jesús declara que su justicia supera la de ellos, les está socavando su justicia, y se sienten humillados ante su pureza. ¡Cómo se atreve! Y aun más, está insinuando que cualquier persona que crea en él puede superar la justicia de ellos. Se intensifican aun más sus sentimientos.
Seguidamente, Jesús procede a poner sus propias jotas y tildes en su propia ley, la ley que él está cumpliendo hasta rebosar ante el Padre. La ley que él está superando con su propia justicia. Si él está superando la ley con su propia justicia, entonces tiene todo el derecho de declarar cuál es el significado de la ley, cómo se aplica, cuál es el espíritu detrás de la ley en todos sus mandamientos.
(21) Habéis oído que se dijo a los antepasados: "NO MATARÁS" y: "Cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte." (22) Pero yo os digo que todo aquel que esté enojado con su hermano será culpable ante la corte; y cualquiera que diga: "Raca" a su hermano, será culpable delante de la corte suprema; y cualquiera que diga: "Idiota", será reo del infierno de fuego. (23) Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, (24) deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda. (25) Reconcíliate pronto con tu adversario mientras vas con él por el camino, no sea que tu adversario te entregue al juez, y el juez al alguacil, y seas echado en la cárcel. (26) En verdad te digo que no saldrás de allí hasta que hayas pagado el último centavo (Mateo 5:21-26).
Los que aseveran que Mateo 5:17-19 es una explícita referencia al Decálogo se sorprenderán al leer el v. 21: “Habéis oído que se dijo a los antepasados: "No matarás" y: "Cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte." Es cierto que la primera parte de este versículo se considera que forma parte del sexto mandamiento (Éxodo 20:13): “No matarás”. Pero ¿qué de la segunda parte? “¿Cualquiera que cometa homicidio será culpable ante la corte”? Esta frase no forma parte de ninguno de los Diez Mandamientos. De hecho, no se encuentra en ninguna parte del Torah. En esta frase, Jesús redacta la Torah. El original en Éxodo 21:12 dice “El que hiera de muerte a otro, ciertamente morirá”. ¿Morirá? Pero Jesús dijo “será culpable ante la corte”. ¿Es Jesús culpable de hacer y enseñar a abolir o cambiar uno de los mandamientos? O ¿será que Jesús está conformando el mandamiento a su sentido original? ¿Qué será lo que quiso decir Jesús al hacer el cambio? ¿Será que Jesús está enseñando que un hombre que comete homicidio ha de presentarse ante un juicio justo ante un tribunal en vez de ser abatido de inmediato? ¿Será que Jesús está penetrando sus corazones vengativos con su propia justicia llamándolos a una norma más alta de justicia? ¿Por cuál norma fue juzgado Jesús? ¿Acaso recibió un juicio justo e imparcial cuando lo condenaron a muerte? ¿Qué pecado cometió? ¿Y sin presentarse ante un tribunal justo e imparcial? ¿Quién fue culpable de asesinato por su muerte? Mas, desde la cruz, él clamaría “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34). ¿Quién había alcanzado la más alta norma de justicia? “No decreten una ley suponiendo que yo he venido para abolir la ley; decreten una ley estableciendo que yo he venido para cumplir el verdadero significado de la ley”.
Pero Jesús no ha terminado de redactar el significado de la ley con respecto al homicidio. Afianzado en su autoridad como el cumplimiento de la ley, él demuestra que su ley traspasa los hechos hasta llegar a las intenciones tras los hechos. Cuando se trata de homicidio, el hecho en sí merece su día ante la justicia. Pero la ira tras el hecho basta para impugnar al iracundo de culpable ante la “corte suprema”. En el judaísmo, esta corte no era otra que el mismo Sanedrín, y solamente la élite de los escribas y fariseos eran miembros de ese tribunal. ¿Sería que Jesús podía ver lo que había en los corazones de los miembros del Sanedrín que escuchaban sus palabras? ¿Sería que sus corazones ardían de furia porque él estaba rebajando el valor de su justicia? Y ¿cómo puede juzgarse el enojo por un tribunal ya que la ira es tan sólo un móvil o una intención escondida? La única manera es si uno mismo es miembro de dicho tribunal y uno mismo está al tanto de lo que siente y el rencor que le guarda a otra persona. Si le dices a alguien “Raca”,27 eres “reo del infierno de fuego”.28 La pena del infierno sólo podía ser dictada por Dios mismo. ¿Quién sino Dios podía ser el juez de tal móvil o intención? Por lo tanto, Jesús apuntaba más allá de lo que el Torah podía juzgar a lo que sólo Dios mismo podía juzgar.
Sin embargo, la ley no sólo condenaba, sino que mostraba el camino al perdón. El rito de presentar una ofrenda ante el altar (en caso del pecado, un cordero perfecto), no tenía como finalidad en sí el sacrificio, sino la reconciliación. “Por tanto, si estás presentando tu ofrenda en el altar, y allí te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, deja tu ofrenda allí delante del altar, y ve, reconcíliate primero con tu hermano, y entonces ven y presenta tu ofrenda (vs. 23,24, véase también los vs. 25, 26). ¿Sería que Jesús enviaba un mensaje encubierto a los escribas y fariseos que le guardaban rencor en sus corazones? Jesús es su hermano. Cuando ellos se acercan al altar, no debiera ser para impactar con su obediencia de ritos y formalidades. Ellos necesitaban ver que él ya había juzgado sus corazones culpables ante Dios, y primero necesitaban reconciliarse con él, su hermano, y luego presentar sus ofrendas. Una ofrenda, especialmente un cordero en expiación por el pecado, no tenía significado alguno si primero no se reconciliaba con él. Recordemos que Jesús está describiendo una justicia mayor que la justicia de los escribas y fariseos. Si él estaba descubriendo los pecados del corazón, ¿sería que también estaba dirigiéndose expresamente a sus corazones invitándoles a reconciliarse con él? ¿Acaso no era la reconciliación de corazón la intención del sacrificio en el altar?
La ira y la lascivia guardan estrecha relación, una verdad no menos cierta en el tiempo de Jesús. ¿Sería que mientras Jesús bendecía a la multitud había otros que miraban con lascivia a las mujeres en el gentío? No sería fuera de lo común. ¿Cuántos hombres (y mujeres) no fueron sorprendidos en sus pensamientos por la palabras de Jesús tocante al adulterio y la lascivia?
(27) Oísteis que fue dicho: No adulterarás: (28) Mas yo os digo, que cualquiera que mira á una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón. (29) Por tanto, si tu ojo derecho te fuere ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti: que mejor te es que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. (30) Y si tu mano derecha te fuere ocasión de caer, córtala, y échala de ti: que mejor te es que se pierda uno de tus miembros, que no que todo tu cuerpo sea echado al infierno. (31) También fue dicho: Cualquiera que repudiare á su mujer, déle carta de divorcio: (32) Mas yo os digo, que el que repudiare á su mujer, fuera de causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casare con la repudiada, comete adulterio (Mateo 5:27-32).
Con estas palabras, Jesús va más allá del significado común del adulterio, como también el castigo provisto por la ley.
De acuerdo con Jesús, el adulterio es mucho más que el hecho. “Cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. ¿Cuántos hombres habrán tenido repentinamente que dejar de mirar a la mujer codiciada al escuchar estas palabras? ¿Cuántos hombres (y mujeres) se habrán sentido bajo condena por esta nueva definición de la ley del adulterio? La condena por quebrantar la ley del adulterio era de consecuencias fatales: muerte por apedreamiento para ambos (Deuteronomio 22:21-25). Los testigos tenían que recoger piedras, o sacarlas de su lugar y arrojarlas contra el hombre y la mujer hasta darles muerte. Pero lo que Jesús ordena que se saque de su lugar y se arroje no es una piedra sino el ojo que ofendió en la lascivia. El sentido de las palabras de Jesús es inevitable: Puesto que has cometido adulterio en tu corazón con el objeto de tu lascivia, entonces prosigue a la sentencia. Pero en vez de arrojar una piedra para darle muerte al objeto de tu lascivia, mas bien trata de sacarte el ojo (con que ofendiste) y arrójalo al que ofendió. Pero ¿quién más sería ese culpable sino uno mismo? ¡Los que comprendieron imaginándose el cuadro tan absurdo habrán sonreído ante la lógica exagerada pero justa de la sentencia!
La sentencia dictada por Jesús por igual calculaba la mano que había participado en la fantasía sexual. Ya que te has condenado por lascivia, en vez de usar la mano para levantar la piedra y arrojarla contra el objeto de tu lascivia, ¿por qué no te la cortas y la arrojas contra el culpable? Pero ¿quién más sería sino el mismo lascivo? Mas sonrisas en los rostros de la multitud, al igual que varios rostros enfurecidos al sentirse señalados y condenados.
Jesús prosiguió con su lógica absurda pero justa hasta las últimas consecuencias. Cuando ya te has castigado al sacarte el ojo, y al cortarte la mano debido a tu lascivia, cuando te enteres de un caso en donde la fantasía se hizo realidad, entonces no tendrás ojos para ver a dónde tirar la piedra, ¡ni mano para arrojarla! Mejor llegar al reino ciego y manco pero sin la sangre de otros en tus manos, especialmente cuando has sido tan culpable como ellos.
En otra ocasión, cuando comentaba el tema de la lascivia y el adulterio, Jesús expuso una enseñanza igual, “El que esté sin pecado, que arroje la primera piedra” (Juan 8:7).
Una vez más, él rebosa el significado de la ley con un valor espiritual mayor que el castigo por quebrantar una ética moral: el perdón. Ciertamente una justicia mayor.
Aunque por lo general no se ha observado la conexión, las palabras de Jesús tocante al adulterio y la lascivia se relacionan con sus palabras en torno al divorcio.
(31) También fue dicho: Cualquiera que repudiare á su mujer, déle carta de divorcio: (32) Mas yo os digo, que el que repudiare á su mujer, fuera de causa de fornicación, hace que ella adultere; y el que se casare con la repudiada, comete adulterio (Mateo 5:31-32).
El Torah permitía que el hombre le diera carta de divorcio a su esposa si no hallaba favor en sus ojos por “haber hallado en ella alguna cosa torpe” (Deuteronomio 24:1). Este era un mandato del Torah. Pero Jesús lo supera. El mandato se prestaba para el abuso de la mujer. Él cambia el mandamiento y le da mayor rigor. Sólo puede divorciarse de ella por causa de adulterio.
La cláusula que permite el divorcio “fuera de causa de fornicación” hay que conectarla con la cláusula que expande el significado del adulterio “cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón”. Si tu cónyuge cae en adulterio, puedes divorciarte. Jesús creó espacio para esa situación tan humana con sus consecuencias que pudieran limitar el alcance del amor humano. Pero, en vista de sus palabras en las que incluye la lascivia dentro de lo que es el adulterio, él eleva la norma para el divorcio a un nuevo nivel. Si tu cónyuge cae en adulterio, puedes divorciarte. Pero, francamente ¿cómo puedes divorciarte cuando en tu corazón alguna vez has mirado a otras personas con lascivia en tu corazón, y por lo tanto, también eres culpable de adulterio? De tal modo que, aunque Jesús crea espacio para el divorcio en caso de adulterio, también pone a todos en previo aviso de la condición pecaminosa de su propio corazón y en base a esa realidad escoger el perdón y no el divorcio. Pero si escoges el divorcio por causa de infidelidad, que lo hagas con amor y perdón conociendo tu propio corazón.
Jesús también cambia el mandamiento del adulterio en su castigo. Jesús levanta la pena de muerte al ofensor. Jesús no dicta pena de muerte para el adúltero como lo exigía el Torah. ¿Sería que Jesús comenzaba a señalar que ahora la pena de muerte la llevaría el ungido de Dios, el Mesías?
Aunque pareciera que Jesús está cambiando jotas y tildes al Torah, lo que en verdad está haciendo es rebosando la ética de la ley señalando su verdadero fin: perdón, misericordia, reconciliación, y una nueva oportunidad en la vida para el pecador.
Una vez más, él eleva la justicia y las exigencias de la ley a un nivel más alto, el nivel requerido por una justicia mayor, la justicia que sólo puede rendir un amor más exalto: el amor divino. Esa justicia mayor es la que sólo él, como la justicia de Dios, puede conceder al pecador. Los pecadores pueden abandonar a Dios (y deshonrar sus matrimonios), pero su promesa es que “No te desampararé, ni te dejaré” (Hebreos 13:5). Él se ha desposado con nosotros para siempre. “Con amor eterno te he amado; por tanto te soporté con misericordia” (Jeremías 31:3). “¿Olvidaráse la mujer de lo que parió, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque se olviden ellas, yo no me olvidaré de ti. He aquí que en las palmas te tengo esculpida” (Isaías 49:15,16). Esa compañía eterna fue la que Jesús abrazó con su muerte, y muerte de cruz, acompañando y no abandonando al pecador a la muerte eterna y al castigo por el pecado, para darle la vida eterna al pecador y recrearlo como una nueva criatura por la eternidad, esposado al pecador para siempre.
No es sorpresa alguna que el siguiente mandamiento que Jesús colma con significado se refiere al mandato de tomar juramentos. Jurar es común en las relaciones humanas, particularmente en el matrimonio.
(33) Además habéis oído que fue dicho á los antiguos: No te perjurarás; mas pagarás al Señor tus juramentos. (34) Mas yo os digo: No juréis en ninguna manera: ni por el cielo, porque es el trono de Dios; (35) Ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey. (36) Ni por tu cabeza jurarás, porque no puedes hacer un cabello blanco ó negro. (37) Mas sea vuestro hablar: Sí, sí; No, no; porque lo que es más de esto, de mal procede (Mateo 5:33-37).
Hay dos asuntos que sobresalen en esta declaración. El primero es la introducción al mandamiento que él está por demostrar se cumple en él: “habéis oído que fue dicho a los antiguos”. Esta frase tiene importancia porque Jesús declara que él no solamente está repitiendo el Decálogo. Él está demostrando cómo todo lo que fue dicho en la antigüedad por la ley y los profetas respecto a la justicia y la obediencia tiene cumplimiento en él. Segundo, las citas que él da no las toma de ninguna parte exacta de la ley, sino que se toma la libertad de copiar y pegar ciertas partes de la ley y citarlas juntas. Él cita parte del tercer mandamiento del Decálogo “No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano” (Éxodo 20:7; Deuteronomio 5:11). Sin embargo, no cita el mandamiento en su exactitud sino que lo adjunta a Levítico 19:12: “No juraréis en mi nombre con mentira, ni profanarás el nombre de tu Dios: Yo Jehová”. Se entendía que la frase “pagarás al Señor tus juramentos” era el corolario positivo al mandamiento negativo “No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano”. Sin embargo la frase “pagarás al Señor tus juramentos” no se hallaba escrita en ninguna parte del Torah. ¿Qué estaba haciendo Jesús aquí? ¿Estaba aboliendo, anulando, modificando uno de los mandamientos de la ley? O ¿sería que él, mediante su autoridad como la justicia enviada de Dios, estaba demostrando la intención y el espíritu del mandamiento que él haría rebosar para cumplirlo? Ciertamente es obvio que Jesús se toma la libertad de redactar el texto, pero una libertad que eleva el mandato de juramentar a un nivel mayor de justicia.
Tal como se observó anteriormente, este pasaje conecta el jurar con el mandato anterior con respecto al matrimonio. El significado de la conexión es que la promesa matrimonial, dada ante Dios quien solamente puede leer el corazón, a menudo es quebrantada por la lascivia del corazón. Por lo tanto, no hay que confiar en las fuerzas del juramento humano. Para todo juramento es necesario confiar en un mejor juramento.
La tendencia humana es confiar en las propias promesas y jurar fidelidad ante alguien o por alguna cosa. Pero Jesús, en estos mandamientos, Jesús demuestra cuán inútil es pedirle a Dios que sea fiador de la flaqueza de los juramentos humanos. Aunque el que jure tal vez no invoque directamente el nombre de Dios, Jesús enseña que el jurar ante cualquier cosa que pertenece a Dios no es nada más que una forma velada de invocar a Dios como fiador del incumplimiento humano. Y aunque la intención no sea invocar a Dios como testigo, las promesas humanas que pudieran vacilar no pueden atarse a algo tan firme como el cielo, porque es el trono de Dios. Ni a la tierra, pues ésta hasta ahora ha sobrevivido a cualquier vida humana. Ni “por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey”. ¿Del gran Rey? El rey David ciertamente tuvo algunas dificultades con algunas de sus promesas. Así ¿de qué rey hablaba Jesús, por cuyas firmes promesas era prohibido jurar? Volveremos a este tema.
Se recuerda al lector que es necesario leer el texto compartiendo la historia común con los oyentes judíos aquel día en aquel monte. Cuando Jesús les recuerda las fallidas promesas humanas, Jesús les recuerda otra promesa fallida hecha por sus padres.
En el monte Sinaí, Dios convocó a los hijos de Israel para hacer un pacto con ellos, si ellos escuchaban su voz y confiaban en la promesa de Dios. Pero ellos, por iniciativa propia, juraron: “Todo lo que Jehová ha dicho haremos” (Éxodo 19:8). Esta fue una promesa hecha en vano porque incluyeron al Señor en su promesa, y por tanto juraron falsamente que cumplirían lo que sólo Dios podía cumplir: Hacerlos su pueblo, un reino de sacerdotes, una nación santa. Esa promesa era de Dios, no les competía a ellos. Juraron en falso por tratar de prometer algo que estaba sólo en manos de Dios conceder y cumplir por su pueblo.29
Todo lo que necesitaban era dar un “Sí” a la promesa de Dios.30 Por lo tanto, cuando Jesús anuncia el Nuevo Pacto, desde un principio anuncia que todo lo que los creyentes necesitan es un sencillo “sí” o “no” en todos sus tratos, incluyendo su respuesta al llamado de Dios. Todo lo que es más de esto, de mal procede (v. 37). No era nuevo para ellos entender que las promesas aun de buena intención proceden de un corazón perverso. Ellos conocían las palabras de Jeremías, “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso; ¿quién lo conocerá?” (Jeremías 17:9). Solamente Dios podía jurar por su propio nombre. Sólo sus promesas eran en verdad fieles. Aun las promesas humanas que se puedan cumplir fielmente no requieren lo que se requería de las promesas de Dios: la promesa de entregar a su propio Hijo amado que llevaría “la vara y los azotes” por las transgresiones de la humanidad. En una de las promesas más conmovedoras que Dios hizo a David se encuentra esta promesa y juramento dado por Dios tocante a la obra del Mesías.
(30) Si dejaren sus hijos mi ley, y no anduvieren en mis juicios; (31) Si profanaren mis estatutos, y no guardaren mis mandamientos; (32) Entonces visitaré con vara su rebelión, y con azotes sus iniquidades. (33) Mas no quitaré de él mi misericordia, ni falsearé mi verdad. (34) No olvidaré mi pacto, ni mudaré lo que ha salido de mis labios. (35) Una vez he jurado por mi santidad, que no mentiré á David. (36) Su simiente será para siempre, y su trono como el sol delante de mí. (37) Como la luna será firme para siempre, y como un testigo fiel en el cielo (Selah.) (Salmo 89:30-37).
El Mesías era el gran Rey, “su trono como el sol delante de mí”. Por eso, Jesús amonesta que no deben jurar ante David, o el gran rey. Jesús como Mesías, es el Gran Rey ungido de Dios, y él da su palabra de que con su vida sería testigo de la fidelidad de Dios a Israel.
Dios, por su parte, ha prometido establecer el trono del Mesías jurando por su propia santidad. El derecho de jurar por el nombre sacrosanto de Dios es un derecho que Dios se reserva para sí mismo. El Santo nombre de Dios estaba en juego si Dios no proveía el Mesías como el cordero que llevaría los pecados del mundo. Lo que nos queda a nosotros pecadores humanos cuando nos relacionamos es una franca sencillez en todos nuestros tratos: “Sí” para decir “sí”; “No” para decir “no”. Cualquier otra cosa que digamos tan solo encubre la flaqueza de sus promesas.
Jesús sabía lo que estaba en juego cuando comenzó su misión. Él cumplió la ley de los juramentos con la garantía de que es Dios quien jura salvar a Israel, y es en la promesa de Dios en la cual se debe confiar. Las promesas de Israel habían fracasado una vez y fracasan cada vez que alguien jura por el nombre de Dios que con sus obras, obediencia, y sufrimientos expiará sus propios pecados. El jurar por el nombre de Dios es derecho y privilegio que Dios se reserva exclusivamente para sí mismo.
Lamentablemente, el quebranto de promesas a menudo termina en venganza y violencia.
Por lo tanto, el siguiente mandamiento que Jesús cumple hasta rebosar es la ley tocante a cómo responder a una injusticia.
(38) Oísteis que fue dicho á los antiguos: Ojo por ojo, y diente por diente (Mateo 5:38).
Nuevamente, este mandamiento no forma parte del Decálogo. Se encuentra en el Torah, y Jesús cita varias partes del Torah que se refieren a la ley de la venganza. Pero cuando él toma el mandamiento en sus manos, literalmente cambia la ley de la venganza por un mal trato, a la ley de cómo responder a una injusticia con amor.
(38) Oísteis que fue dicho á los antiguos: Ojo por ojo, y diente por diente. (39) Mas yo os digo: No resistáis al mal; antes á cualquiera que te hiriere en tu mejilla diestra, vuélvele también la otra; (40) Y al que quisiere ponerte á pleito y tomarte tu ropa, déjale también la capa; (41) Y á cualquiera que te cargare por una milla, ve con él dos. (42) Al que te pidiere, dale; y al que quisiere tomar de ti prestado, no se lo rehúses (Mateo 5:38-42).
Jesús cambió el mandamiento de la venganza. Entonces ¿por qué no es culpable de desatar o abolir “uno de estos mandamientos muy pequeños”? Porque él no lo cambió. Él llenó el mandamiento con su verdadero significado. En sí mismo, en su propia vida, él es el verdadero significado de la ley. Lo que él hizo en su propia vida colmó el mandato hasta rebosarlo. De hecho, todos estos mandamientos son una profecía que bosqueja su ministerio y su pasión. Él profetizó cómo sería obediente hasta la muerte. Con su vida y su obediencia hasta la muerte, él demostró cómo responder a toda injusticia humana.
Los cristianos, en su discipulado, manifiestan tener dificultades para interpretar todo lo que la ley abarca en cuanto a cómo responder a la injusticia. ¿De veras que Jesús tenía en mente que pusiéramos la otra mejilla? ¿De veras Jesús quería que, si nos demandan, regalemos hasta el último centavo? ¿De veras Jesús quiso decir que siempre anduviéramos la segunda milla? ¿De veras Jesús quería que prestáramos todo nuestro dinero?
El problema con estas preguntas es que giran en torno a “nosotros” y “nuestras” obligaciones morales.
Pero, al cumplir la ley y cumpliéndola hasta rebosar, él no estaba hablando de nosotros. Él estaba hablando de sí mismo, de su justicia, y cómo su vida era el cumplimiento de las exigencias de la ley, y que él mismo era “El Señor, justicia nuestra”.
Al cambiar el mandamiento de la venganza por cómo responder a una injusticia, Jesús anuncia la buena nueva de su vida. “Porque no envió Dios a su Hijo al mundo, para que condene al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él” (Juan 3:17). La humanidad merecía justa recompensa por sus pecados. Pero Dios respondió con salvación. En Jesús, Dios puso la otra mejilla y recibió la bofetada de nuestros pecados sobre su rostro. En Jesús, Dios le dio a la humanidad el manto de justicia para salvarlo, mientras que su Hijo quedó desnudo sobre la cruz. In Jesús, Dios anduvo la segunda milla, ofreciendo a su Hijo para que llevara la carga de nuestros pecados, hasta que Jesús llegó a ser pecado por nosotros. En Jesús, Dios nos dio la dádiva de la vida eterna. Y el que no escatimó a su propio Hijo, nos dará también en él todas las cosas. Alabado sea el Padre, el Hijo, y el Espíritu Santo por siempre sin fin.
Y por lo tanto, la ley mayor del amor de Dios se cumple. Es precisamente a cerrar resumiendo con amor a donde Jesús se dirige en esta última reformulación de la ley. Ciertamente es una re-formulación. Una nueva fórmula para vivir. Una nueva norma. Norma que él vivió en carne propia hasta las últimas consecuencias.
(43) Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. (44) Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os calumnian y os persiguen; (45) para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos; que hace que su sol salga sobre malos y buenos, y llueva sobre justos e injustos. (46) Porque si amareis a los que os aman, ¿qué salario tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? (47) Y si abrazareis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más? ¿No hacen también así los publicanos? (Mateo 5:43-47).
La manera como Jesús se refiera al Torah en el pasaje anterior ilumina su re-formulación del Torah. Sólo la parte “Amarás a tu prójimo” es parte del Torah (Lev. 19:18). Sin embargo, la parte “aborrecerás a tu enemigo” se tomaba como ley porque se suponía que era lo opuesto de amar al prójimo. Sin embargo, Jesús se opone a esa suposición. Él no consentía que sólo porque otra persona es diferente, yo no tenga ninguna responsabilidad moral hacia ella, sino sólo hacia mi igual. De hecho, Jesús trasciende toda ética moral hacia el prójimo ¡hasta llegar al amor por el enemigo! Pero nuevamente, él estaba hablando proféticamente de su vida.
Porque si siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, mucho más, ya reconciliados, seremos salvos por su vida (Romanos 5:10).
Fue Jesús el que desde la cruz bendijo a los que le maldecían, cargó con el pecado del odio de quienes lo odiaban, el que oró por ellos, “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen”. Mediante su amor en la cruz, llegó a ser el primogénito del amor entre toda la humanidad. Él murió por el justo y por el pecador, y su amor abraza el globo terrestre con bendiciones derramadas sobre todos, justos y pecadores.
Este tipo de amor siempre es premiado. El premio no es ser correspondido en el amor. Es el premio del haber amado, sabiendo que uno amó desinteresadamente, sin esperar ser correspondido. Amar con ese tipo de amor es el premio mayor. El premio de haber llegado a ser “hijos de nuestro Padre que está en los cielos”, quien ama sin ser amado por todos. Amar sin la mirada puesta en ser correspondido es como Jesús cumplió la ley del amor hasta rebosarla.
La culminación de la reformulación de la ley por Jesús se resume en el pasaje muy conocido (pero casi siempre mal entendido), “Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48).
La palabra que aquí se traduce “perfecto” viene del griego “telos” lo que quiere decir “cumplido a plenitud en su naturaleza o propósito”. Este significado no se puede ver aparte de todo el pasaje. Esta palabra es la última en una secuencia lógica de las palabras anteriores que han tenido la misma acepción de cumplimiento: “lleno hasta rebosar” (plero), “llegado a ser por potestad generadora” (ginomai), y ahora “cumplido a plenitud en su naturaleza o propósito” (telos). Todas estas palabras se refieren a Cristo como el cumplimiento máximo y en vivo de la ley de amor de Dios. Es una ley mayor que toda ley.
El Padre promulgó esta ley mayor en la vida y muerte de Jesucristo. Fue así como el Padre se presentó perfecto en Cristo. Si el Padre se presentó perfecto, o se manifestó rebosando en su naturaleza en el Hijo, no hay ninguna otra manera en que los seres humanos puedan ser perfeccionados. Cada individuo tiene el gozo de ser perfeccionado a plenitud en Cristo.
Podemos ver al Padre plenamente perfecto mediante el amor de Cristo. Los hijos del Padre sólo pueden lograr su plenitud de perfección mediante el perfecto amor de Cristo que los redime mediante su sangre derramada para perdonarlos y declararlos perfectos. El Padre confía en la rebosante justicia de su Hijo para manifestar su amor plenamente perfeccionado. Por lo tanto, el Padre mismo señala el camino mediante el cual todos sus hijos pueden ser plenamente perfeccionados en justicia delante de él. Solamente al confiar en la plenamente acabada justicia de Cristo con la cual él cumple la ley hasta rebosarla podemos ser declarados completos en naturaleza y propósito delante de Dios.
“No decreten una ley diciendo que he venido para destruir la ley o los profetas. No he venido a destruir, sino para cumplir hasta que rebose”.
@copyright
Haroldo S. Camacho, Ph.D.
13 de diciembre, 2004
Traducción del inglés al español: 10 de mayo de 2005
Palm Springs, CA
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1 La palabra griega “makarios” se puede traducir de ambas formas. Una bendición es una bienaventuranza. Véase esta palabra en el Diccionario de Strong.
3 Por otros escritos del Nuevo Testamento, es evidente que los creyentes tenían esta firme convicción. Por ejemplo, en Colosenses 1:13, Pablo pareciera citar un himno u oración de la comunidad de creyentes cuando escribe “Él nos libró del dominio de las tinieblas y nos trasladó al reino de su Hijo amado”.
4 Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en toda tribulación nuestra, para que nosotros podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios (2 Corintios 1:3-4).
19 Salmo 119:165 “Mucha paz tienen los que aman tu ley, y nada los hace tropezar”.
20 Salmo 119:86-88 “Todos tus mandamientos son la misma verdad; sin causa me persiguen; ayúdame. Casi me han consumido por tierra; mas yo no he dejado tus mandamientos. Conforme a tu misericordia vivifícame, y guardaré los testimonios de tu boca. .” No hay que pasar por alto el contraste con la bendición de Jesús a los perseguidos. Ellos son perseguidos con causa, la causa de la justicia, por causa de él, por causa de la justicia de él.
21 Salmo 119:47 “Y me deleitaré en tus mandamientos, que he amado”.
22 nomizo: “literalmente se refiere a lo que alcanza el rigor de ley (nomos), y luego, “formar la opinión’”:
International Standard Bible Encylopedia. Véase también el uso de nomizo en Mat. 20:10, Lucas. 2:44, Hechos 7:25, Hechos 8:20.
23 Cada vez que la frase “la ley de Moisés” se encuentra en el Nuevo Testamento, se encuentra la palabra “nomos”. Sin embargo, la frase se refiere a la totalidad del Torah (véase Lucas 2:22, Lucas 24:44, Juan 1:45, Juan 7:19, Juan 7:23, Hechos 13:39, Hechos 15:5, Hechos 28:23, 1 Cor. 9:9, Hebreos 9:19, Hebreos 10:28). En ninguna de estas referencias se refiere la frase (con la palabra “nomos”) exclusivamente a los Diez Mandamientos.
24 “ginomai” tiene muchos matices de significados pero todos surgen de la acepción principal “llegar a ser” por se engendrado.
25 Más tarde en los vs. 23, 24 él dará un ejemplo de cómo su hacer y enseñar un mandamiento pequeño lo rebosa de significado.
26 (énfasis del autor). Si los que escuchaban llegaban a creer en Cristo como su justicia, padecerían persecución por parte de aquellos que insistirían en sus propias obras como justicia ante Dios. ¿Por qué razón padeció Pablo persecución? ¿Qué mal se dijo de Pablo para causar su persecución? ¿Qué mentiras se dijeron en cuanto a su vida? Que él no creía en la observancia de la ley. Y ¿por qué razón son perseguidos los que creen que Jesús es su justicia? Porque se les acusa de que hacen todo lo que quieren, que creer en Cristo como justicia es tan sólo un pretexto para pecar, y muchas otras acusaciones. Jesús previó todo eso y los defendió diciendo “son acusaciones falsas, yo sigo siendo su justicia”.
27 La palabra original es del arameo, “reqa”, y es un insulto muy grave; quiere decir imbécil entre el menor de los significados.
28 Un concepto, no del Torah, sino de la literatura apocalíptica del tiempo de Jesús, Enoc 90:26.
29 Por lo tanto, el pacto antiguo se apoyaba en una falsa promesa. Cualquier promesa igual que hagan los cristianos hoy son las mismas promesas del antiguo pacto, hechas con falsos pretextos, y encaminadas al mismo fracaso.
30 Véase Jeremías 28:1-6 donde ante la promesa de Dios que los cautivos en Babilonia regresarían a Jerusalén, el profeta responde “Amén, así lo haga Jehová” (v. 6).